La patrullera frenó los tímidos intentos de entrada de nadadores en una noche de ambiente festivo en la playa del Tarajal
No había mucha niebla, al menos de primeras, pero la oscuridad de la Luna Negra -fenómeno astronómico que no permitía ver el satélite terrestre y, consecuentemente su luz- parecía un escenario propicio para que los nadadores que intentan entrar en España desde Marruecos probaran fortuna. Lo hicieron, pero todas las intentonas, al menos hasta pasadas las seis de la mañana, quedaron enjuagadas en aguas del Reino Alauita por acción de la hiperactiva patrullera policial. Mientras, en la playa fronteriza, decenas de personas disfrutaban ajenas al drama migratorio. Allí se celebró un cumpleaños de alto copete, con todo lujo de detalle. Otros pescaron, bastante y hasta muy tarde. Las líneas que siguen constituyen un retrato de una noche en la playa del Tarajal en un momento en el que los intentos de llegar a suelo nacional a golpe de brazada parecen haberse incrementado.
A las diez de la noche, la franja costera pegada a la línea divisoria entre países era un hervidero de personas. Todas con amplio despliegue de mesas, sillas y sombrillas. Justo en el límite, con el espigón a diez metros, un hombre rezaba mirando al mar. Como deseando que no ocurriera ninguna desgracia, que ningún cuerpo más apareciendo en las orillas locales. Lo contrario de lo sucedido en los últimos días, cuando la cuenta de cadáveres derivados de intentos de migración se ha elevado a veintiuno.
Media hora después se escuchó el rezo. La mezquita del Príncipe lucía iluminada en un verde fluorescente. Con una luz más natural brillaban las velas de una tarta de cumpleaños. La de un joven que con un grupo de amigos y familiares celebraba su aniversario alrededor del kiosco que permanece abierto hasta altas horas en la playa. No faltaba nada en su despliegue, ni la olla exprés, presumiblemente llena con la comida más contundente del menú festivo.
En busca de nadadores
Mientras, la patrullera de la Guardia Civil no para de moverse. Dirección a la costa, luego hacia Castillejos y más allá, casi enfilando a Rincón y de vuelta a alta mar. Justo a la par, poco antes de las once, unos niños pescan en las rocas, buscan un cangrejo y hablan entre ellos en dariya.
Ese mismo grupo se mueve luego al agua, a otras piedras y desde allí se tiran al mar. Gritan, disfrutan. La embarcación que vigila la costa pasa a acercarse mucho a tierra, va despacio. Observan una especie de flotador o lancha hinchable de pequeño tamaño que no logra incursionar en zona marítima española.
Se escucha el cumpleaños feliz y, pasado ese momento, dos adolescentes se acercan a las rocas que forman un balcón sobre el mar. Cantan en árabe. Luego un tercero trae un altavoz y ya suenan canciones en castellano, que siguen intentando entonar. "En ese barquito de papel, viajaremos tú y yo, a la isla del amor, y a la isla del amor", cantan las jóvenes.
El primer intento de llegada de nadadores claramente apreciable desde la playa es abortado a eso de las doce menos cinco. La lancha se acerca a la costa marroquí y un coche de policía para en la carretera a la misma altura, recibiendo a las personas interceptadas.
Es el punto álgido de actividad para los vigilantes, que apagan al poco las luces y se van en dirección a las afueras de Castillejos. De repente, encienden linternas, pudiendo apreciarse en la distancia cómo suben a alguien a la barca, volviendo a dejarlo en el punto costero donde antes habían atracado.
Parchís, pesca y niebla de camino
La noche avanza, unos chavales juegan al parchís en una mesa rodeada por sillas portátiles. Otros playeros nocturnos más veteranos se deciden a pescar. Es el momento. No tardan en picar, aunque los peces son de pequeño tamaño. Eso no les desanima. Siguen tirando trozos de pan al agua, donde fácilmente puede verse a los animales marinos saltando.
Por el puente peatonal que da a la subida que lleva al Príncipe llegan refuerzos para la fiesta de cumpleaños. Dos motos, una con un par de integrantes que llevan dos sillas de playa en la mano mientras cruzan el paso elevado y otra con solo el conductor, que porta una mesa plegable entre las piernas, llegan por la vía menos lógica a sumarse a los festejos.
Los presentes mantienen normal actividad mientras la patrullera vuelve a entrar en acción. Es la una y veinte de la madrugada y regresa a la costa. Apagan las luces, encienden las linternas. Por un lado de la barca sube al menos un nadador, por otro, al poco, otros dos. Todos son retornados a suelo marroquí sin opción de flanquear el espigón del Tarajal.
Allí ya no pasa casi nada hasta las cuatro. Entonces se van muchos de los que hasta entonces convirtieron el arenal en punto caliente de la vida nocturna local. Quedan los pescadores y el vigilante de Amgevicesa, que aprovecha para ir al baño.
De golpe, una combinación de luces, blancas y azules cruza el horizonte desde el Sarchal hasta la zona limítrofe con Marruecos. Ahí disuade a varios nadadores, que acaban por regresar sin necesidad de ser embarcados.
La cosa se calma, aunque la niebla se ciñe sobre la bahía sur en su camino desde el Monte Hacho, donde se había originado horas antes. En la carretera que lleva de Castillejos al Tarajal se aprecia cómo con linternas miran un punto concreto de la orilla. Bajan y vigilan.
Así hasta las siete de la mañana, cuando acaba este relato de costumbre, que observa la conjunción de realidades habituales en la frontera sur de Europa.

