La que, según los más entendidos, constituye "la Unidad más antigua del Ejército" se ha vestido de gala para festejar los noventa y ocho años de la recepción de su preciada Medalla Naval
"Un acto sobrio y solemne": así se ha referido Marcos Llago al evento que le ha valido a la Compañía de Mar el nonagésimo octavo aniversario de la recepción de su preciada Medalla Naval. Como no podía ser de otro modo, los marinos que integran el Arma han conmemorado el episodio a golpe de parada militar.
La cita ha transcurrido al completo en el Acuartelamiento de Otero: el patio de armas del lugar ha hecho las veces de escenario de un inusitado acto que ha estado atravesado de pleno por la ostentación, el simbolismo y el fervor. El grado de seriedad era tal que, al momento de producirse el pistoletazo de salida, la tropa permanecía formada desde hacía largo rato junto a uno de los laterales.
Junto a la tropa, centraba la formación un reducido y modesto destacamento de la Banda de Música de la Comandancia. A sus mandos, la siempre estoica Amadora Mercado del Río, quien ha recibido la gustosa encomienda -y ya van incontables- de aderezar la gala a golpe de batuta (en connivencia con sus propios músicos, claro).
La seriedad se tornaba por completo en solemnidad con la llegada de la bandera nacional. Esta accedía al lugar -escoltada- por mediación de una pareja de soldados. "Les ruego a todos que se pongan en pie en señal de respeto", requería por megafonía el relator de la gala. Bastaba con una única petición; los asistentes se levantaban de sus asientos como resortes.
Con la rojigualda ya encabezando la función, hacía su entrada el comandante general, que llegaba a la zona -como siempre- arropado por buena parte de su plana mayor. Nada más arribar, Llago se subía a lo alto del púlpito que lo acreditaba como máximo jerarca de la gala. "Permiso para comenzar el acto, mi general", le requería un funcionario.
Lo marcan los cánones; lo dicta la propia disciplina castrense: había que pasar revista. En medio de la rimbombante mezcla de sonidos resultante de los acordes de clarinetes, cornetines y trompetas, Llago iniciaba un recorrido de punta a punta del patio para cerciorarse, con ello, de que el cien por cien de sus subordinados estuvieran en perfecto estado de presentación. Su cara lo decía todo: no había ni el más mínimo 'pero'.
Antes de dar paso a la pertinente ronda de condecoraciones, el teniente coronal Silverio Plata Arévalo y el teniente Jaime Molina Álvarez han sido llamados a filas para renovar su compromiso con la patria antes de despedirse -en parte- de la vida castrense: ambos funcionarios (adscritos a la ULOG 23) pasan este año a situación de reserva.
Refrendado el acatamiento de los citados a la disciplina militar, las autoridades presentes en la zona comenzaban a repartir las medallas a la docena de efectivos propuestos para ser galardonados. La parrilla final de condecorados ha quedado tal y como sigue:
Encomienda de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo
-Isidro Fernández Navarro
Cruz al Mérito Militar con Distintivo Blanco
-Francisco Romero Estudillo
-Bilal Mohamed Aaiad
-José Manuel Barroso Escolano
Cruz a la Constancia en el Servicio
-José Domínguez Torres
-César Sánchez Gómez
-Diego Jesús Vivo Pozo
-Miguel Delgado López
-Raúl Coca Campanón
-José Luis Abad Rodríguez
Mención Honorífica
-Francisco Javier Pacheco Martín
-Antonio José Ruiz Sánchez
Nombramiento Distinguido
-Lourdes Mata García
Además de las distinciones, lo que también se ha entregado ha sido una denominada 'cédula de nombramiento'. Su receptor ha sido Francisco Marfil Blanco, quien, desde hoy mismo, ostenta el cargo de 'Alcayde de la Mar', responsabilidad que lleva aparejada -simbólicamente hablando- el ejercicio de "el mando y el control de la costa ceutí".
Tras imponer cada una de los insignias, llegaba el momento de homenajear a todos cuantos han dado su vida por España a lo largo de la historia. Como marcan los cánones, un pequeño cortejo formado por algo menos de veinte militares aparecía en escena. Como siempre, dos que iban en vanguardia portaban consigo una vistosa corona de flores.
"Lo demandó el honor y obedecieron; lo requirió el deber y lo acataron; con su sangre, la empresa rubricaron; con su esfuerzo, la patria engrandecieron", pronunciaba el relator. "No quisieron servir a otra bandera; no quisieron andar otro camino; no supieron vivir de otra manera", concluía.
Los gustosos encargados de depositar la guirnalda a los pies del monumento que recuerdo a los caídos en combate han sido el propio Marfil Blanco, su esposa y el actual jefe de la ULOG caballa, José Miguel Barranco Ferrer. Luego de colocar cuidadosamente el laurel, dos docenas de soldados empuñaban sus armas para disparar al aire una sonora salva que hacía estremecer hasta a los menos asustadizos. Finalizaba, así, ese "acto sobre y solemne" al que hacía referencia el comandante general.