En el patio de armas del acuartelamiento García Aldave rompe el silencio el taconeo rítmico y acompasado, como picas en el firme, del desfilar de los legionarios, compañeros, que portan el ataúd de su capitán Álvaro García Jiménez. El patio yace. Y sobre los hombros de los soldados lo hace el capitán que falleció el pasado domingo en el trágico accidente de tren en Adamuz (Córdoba), junto con otros 44 pasajeros más. Las causas se dirimen aún en técnicos estudios de expertos en acero, railes y trenes. El dolor que flota en el ambiente y que lo llena todo tiene más clara la causa: Álvaro García Jiménez ya no contagiará más su alegría en esa instalación militar. Ni en su casa.
La escena se repite dos veces. Cuando se traslada su cuerpo desde la capilla ardiente hasta el ‘Comedor Legionario’ donde se va a oficiar una misa para su descanso eterno y cuando finalizada esta la comitiva fúnebre rehace el camino inverso para cargar después el ataúd en el coche fúnebre y darle fin a su cuerpo.
El comedor escenario de la misa luce galas y galones y está abarrotado. A la familia le acompañan en este durísimo trance de despedir a un joven al que a cualquiera se le antoja que era pronto para que le tocara, cientos de personas, amigos, compañeros, que no han querido perderse la despedida para honrar a Álvaro García y arropar a la familia.
Mucho antes de las 10 de la mañana, a pesar de la lluvia y del frío, la sala estaba ya llena, los compañeros dispuestos en formación para proceder a la despedida legionaria.
Todos tendrán “un recuerdo imborrable” de Álvaro García Jiménez, como explica un poco antes a los medios de comunicación el Teniente Coronel Javier Veiga, jefe de La IV Bandera del Tercio Duque de Alba 2º de la Legión de la Comandancia General de Ceuta. “Era una persona extraordinaria. Era abnegado, disciplinado, pero sobretodo era alegre y tremendamente generoso y eso generaba que todos los que trabajábamos a su alrededor nos contagiásemos con esa alegría y el recuerdo va a ser imborrable”, abunda.
Toca, como siempre que la tragedia atraviesa el destino, seguir. “Sabemos que él desde donde esté quiere que sigamos viviendo felices, cumpliendo el credo legionario y trataremos de vivir lo más alegres posibles porque es lo que el quiere”, explica Veiga.
Las caras de todos los presentes reflejan absoluta tristeza. A alguna compañera gráfica le brotan las lágrimas. La diputada de Ceuta Ya!, Julia Ferreras, lleva en la cara el llanto reciente. El diputado, Javier Celaya, es el rostro de la frustración, la rabia y la tristeza. Algún que otro legionario tiene húmedos los ojos mientras forma y con la barbilla hacia el techo espera su turno para cumplir con el solemne protocolo que ha preparado el Tercio para la despedida.
La familia se las compone como puede en ese escenario pensado para no dar mucha oportunidad a que afloren pensamientos, conciencia y con ello el dolor de la pérdida.
El presidente de la Ciudad, Juan Vivas, buena parte de su Ejecutivo, la delegada del Gobierno, Cristina Pérez, y prácticamente todo su equipo, el ex jefe de Álvaro, Marcos Llago, el actual Comandante General de Ceuta, Luis Jesús Fernández, muchos otros y también el General Jefe del Mando de Canarias del Ejército de Tierra, teniente general Julio Salom, que preside el acto, guardan respeto, solemnidad y reflejan en su rostro la tristeza del momento.
Todo transcurre según lo previsto. Tras la misa se canta ‘El Novio de la Muerte’ en honor a Álvaro García Jiménez, mientras varios compañeros aguardan a su final para depositar coronas de flores a los pies del féretro. La emoción inunda la sala. Los decibelios suben hacia el final de la canción. Los civiles que canturreaban apenas para no enturbiar al coro de legionarios se suben al homenaje alzando más la voz. Es un momento de profundo dolor y tristeza, pero ahí está La Legión para afrontarlo también, para defender y asistir a la familia y compartir el dolor de la pérdida desde la emoción.
Lo habían hecho ya durante la semana. La larga semana compuesta por una breve e intensa incertidumbre y seguida después de una larga espera para llegar a esta despedida. “En cuánto nos enteramos de la noticia y ya confirmamos la trágica fatalidad de que efectivamente iba en el tren, esa misma mañana yo salí hacia Córdoba con dos compañeros más que trabajaban con Álvaro. Fuimos directamente al centro cívico a recoger a los padres y empezar a gestionar todas las tareas burocráticas y administrativas y darles el apoyo que necesitaban para pasar este trágico momento de la mejor manera posible. Intentando ayudarles y arroparles en todo aquello que han necesitado”, había explicado antes del funeral Javier Veiga.
Esa espera que el propio Veiga define como “tensa, larga y agónica” ha dejado paso al “sentimiento de pena, de muchísima pena” que La Legión comparte con la familia y los amigos. Apenas queda ya tan sólo "despedir a nuestro compañero como se merece y empezar a pasar página. Que los padres puedan empezar a pasar el duelo y dentro de lo que cabe arroparles para que puedan comenzar una nueva vida con esta pena”.
Honores legionarios, canciones y credos, mucha emoción, mucha pena compartida, dolor y ausencia. Nada en realidad de la solemnidad del acto hace olvidar a la familia ese dolor. Tras la misa se abalanza a la última despedida un familiar. Incluso en ese trance también sin perder solemnidad.
La familia recibe la bandera de España que ha cubierto el féretro de las manos de Julio Salom, protocolariamente y con mucho mimo doblada para tal entrega. Se apaga la banda y vuelve el silencio al patio de armas y el repiqueteo de tacones. Vendrán días más alegres. Álvaro García Jiménez así lo habría querido. Descanse en paz.

