Cuatro décadas de mujeres en el paso del Santo Entierro a través del relato de la capataz Araceli Salas
De negro, en parado y manteniendo un respetuoso luto, cuarenta mujeres portan —cada año desde hace cuatro décadas— al Cristo de la Venerable y Real Cofradía del Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima de la Soledad en Ceuta. Nunca antes las féminas habían podido participar como costaleras en la Semana Santa en una bella tradición que se mantiene hasta nuestros días y que bajo ningún concepto quieren perder: el paso de mujeres siempre tiene que salir, en el Santo Entierro está su origen en la Semana Santa.
Lo dice sin titubear la capataz de la hermandad, Araceli Salas, que lleva toda la vida vinculada al paso. Desde la adolescencia, cuando empezó con apenas quince años, no ha faltado a su cita anual, primero como costalera y ahora dirigiendo una cuadrilla que define como una familia.
Una tradición nacida casi sin testimonio escrito
La historia de esta cuadrilla femenina se remonta a unos cuarenta años atrás, aunque apenas existen documentos que lo acrediten. "Todo se ha transmitido de forma oral, de generación en generación, como tantas otras tradiciones cofrades", subraya Salas.
Aquel primer paso supuso un "auténtico revuelo" en la Semana Santa ceutí. En una época en la que la presencia de mujeres bajo los pasos era inexistente, la decisión marcó un antes y un después. Hoy, esa herencia sigue viva: "Hay costaleras actuales cuyas madres ya formaron parte de aquella primera cuadrilla", recuerda la capataz.
El peso de una herencia que no quieren perder
La cuadrilla está compuesta por cuarenta mujeres organizadas en dos turnos para poder relevarse durante el recorrido. Este año, además, saldrán en parihuela, al hombro, ante la falta de compromiso suficiente para completar la estructura habitual.
Lejos de ser un simple desfile, Salas insiste en que lo que hacen es una penitencia. “Eso pesa, duele, no es un paseo”, explica, dejando claro que para aguantar bajo el paso hace falta algo más que fuerza física: “Hace falta fe, compromiso y una motivación profunda".
Ese vínculo es el que lleva a muchas a quedarse. Algunas llegan por promesas, otras por tradición familiar, pero terminan formando parte de una cuadrilla en la que el compañerismo es clave. “Somos una familia”, resume la capataz.
Silencio, sobriedad y una forma distinta de entender el paso
El Santo Entierro tiene una particularidad que lo diferencia del resto: el silencio. Mientras otras cofradías avanzan al ritmo de marchas más vivas, este paso lo hace con una marcha militar, sin bailes ni alardes, siempre de frente.
Ese carácter sobrio no siempre resulta atractivo para las generaciones más jóvenes, que en muchos casos prefieren pasos con mayor movimiento. Aun así, la cuadrilla se mantiene fiel a su identidad, marcada por el luto y el recogimiento que exige la imagen de Cristo yacente.
De la exclusión a la identidad propia
La presencia de mujeres en este paso también tiene un componente reivindicativo. Durante años, muchas hermandades no aceptaban costaleras, lo que llevó a que espacios como el Santo Entierro se convirtieran en referencia.
“Cuando empecé no me quería ninguna hermandad”, recuerda Salas, que ha visto cómo la situación ha ido cambiando con el tiempo, aunque defiende que este paso debe seguir siendo exclusivamente femenino.
Una tradición que se transmite de madres a hijas
El relevo generacional es una de las principales preocupaciones de la cuadrilla. Aunque siguen incorporándose nuevas costaleras, mantener el compromiso no siempre es sencillo.
Por eso, dentro del grupo manejan un lema que resume su filosofía: "Por las que estuvieron, por las que están y por las que estarán. No es solo una frase, sino una forma de entender la responsabilidad que asumen cada Viernes Santo", explica Salas, que a mayores subraya que "muchas de las veteranas, incluso cuando podrían retirarse, continúan por ese mismo motivo: asegurar que la tradición no se pierda".
Además, ser costalera no se limita a salir en procesión. La implicación con la hermandad es constante durante todo el año, desde la preparación del paso hasta las tareas necesarias para su mantenimiento. Salas insiste en la importancia de ese compromiso continuo, que va más allá del esfuerzo físico de cargar el paso. "Es también una forma de mantener viva la hermandad y todo lo que representa", zanja.
‘El canijo’, un vínculo emocional
Dentro de la cuadrilla, el Cristo recibe un apodo cariñoso: ‘el canijo’. Una forma cercana de referirse a una imagen con la que mantienen un vínculo especial.
Ese detalle refleja la mezcla de respeto y cercanía que caracteriza a este grupo de mujeres, que cada año, en silencio y de negro, cargan no solo con el peso del paso, sino con una historia que consideran suya y que están decididas a conservar.