antonio gil
Antonio Gil

Negar la necesidad de reformar el marco laboral actual, fruto de la última transformación llevada a cabo en el año 2012, es el mayor ejercicio de cinismo político y de ignorancia que se pueda plantear en todo debate político nacional.

La todavía vigente RL nació fruto de una imposición a los trabajadores por la vía del decretazo. Se aprovechó la ocasión para implantar un modelo laboral arcaico, feudal, exigido por el poder económico. Este marco laboral no buscaba otra cosa que la desprotección y el empobrecimiento de los trabajadores de nuestro país, eliminándoles, de un plumazo, derechos consolidados que resultaban fundamentales de cara a la negociación colectiva y al progreso social. A corto plazo, se demostró que la tan cacareada y defendida RL del 2012 resultaba inútil, ineficaz e innecesaria.

Aun así, adoctrinados políticos junto a miopes empresarios siguen siendo partidarios de no tocar ni una coma del atropello cometido contra los trabajadores y trabajadoras de nuestro tejido productivo. Confeccionaron un auténtico traje a medida para sus exclusivos intereses y facilitarlesla vida, sin valorar que el resultado sería, una vez más, aquello del viejo dicho ‘pan para hoy y hambre para mañana’. Lamentablemente, siguen pensando que es mejor esa vía que explorar los terrenos de la innovación y la formación; claro está, en ésta es necesario invertir para conseguir ser más fuertes y competitivos. No quisieron ver que, en nuestro país, el verdadero problema es estructural, es la fragilidad y dependencia de nuestro modelo productivo; que la solución a este ‘complejo’ problema pasa principalmente por la inversión en I+D+I.

Las consecuencias de la puesta en práctica de malas políticas se están viendo cada día más y no sólo a efectos laborales como la pérdida del poder adquisitivo, las pensiones, el nuevo concepto de trabajadores pobres que tienen que acudir a bancos de alimentos para poder finalizar el mes, etc., sino otras que tienen que ver con la pobreza infantil, la bajada de las expectativas de vida de la población, trastornos psicológicos, incluyendo muchas más asociadas a esas retrógradas normas como la baja natalidad registrada por las escasas posibilidades que los jóvenes españoles tienen de emanciparse.

La crisis económica del 2008, sin duda, tuvo que ver con la adopción de estas nefastas medidas que, por ningún motivo, se pueden mantener. Ahora una nueva visión de la situación, un enfoque diferente que apunte en la dirección correcta, no sólo nos sacará del estancamiento, sino que, además, nos permitirá, de una vez por todas, implementar, fortalecer y mejorar las opciones productivas de nuestro país; en la actualidad la dependencia externa es la que nos está matando.

Por lo tanto, reformar el actual marco laboral es clave, desestimando las cláusulas lesivas existentes, recuperando derechos y atendiendo las nuevas necesidades del mercado de trabajo. Las nuevas tecnologías así lo demandan. Una norma laboral justa es la palanca que impulsaría una nueva economía. Gobierno, empresarios y sindicatos deberán llegar a un acuerdo razonable.