JÓVENES

Dos de cada tres investigadas en España por terrorismo yihadista mostraban algún "signo de radicalización"

Dos de cada tres investigadas en España por terrorismo yihadista mostraban algún "signo de radicalización"
Imagen de recurso.
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"La mayor parte" de las 21 mujeres investigadas durante la última década por radicalización de etiología yihadista en España tenían entre 19 y 25 años de edad, eran en su mayoría solteras y sin hijos y de segundas y terceras generaciones. Cuando están casadas, tienen como máximo dos hijos y casi la mitad poseían funciones de reclutamiento. La otra mitad "o bien mostraba una participación activa en la organización terrorista, o estaban siendo preparadas para un futuro desplazamiento a zonas de conflicto". Las mujeres reclutadoras eran en su mayoría de origen marroquí, y las radicalizadas incorporadas, de origen español.

Esas son las conclusiones alcanzadas en un trabajo titulado 'Perfiles y signos de radicalización de las mujeres radicalizadas por organizaciones terroristas de etiología yihadista en España' elaborado por Ariadna Trespaderne y David Garriga en el que se pone de relieve que de esas 21 féminas el 60,9% es de nacionalidad española y el 56,5% de éstas, nacidas en España. El 65,2% de ellas eran residentes del territorio nacional y de segundas generaciones de Melilla y Ceuta. Otro 34,8% son de nacionalidad marroquí y el 39,1% de éste, nacidas en Marruecos.

Por otro lado, el 13% eran mujeres conversas, sin ascendencia familiar, cultural o religiosa de esa naturaleza. Además, el 87,5% de las mujeres poseían estudios secundarios y un 6,3% de estudios superiores. En el momento de su detención, el 26,5% de éstas estaban cursando estudios. El 33,3% estaban en paro y las que trabajaban estaban generalmente en el sector de servicios.

A diferencia de los hombres, ninguna tenía antecedentes penales. Las detenciones e investigaciones se ubicaron en la zona de ponente, siendo Cataluña, Valencia y Andalucía "focos de interés". Otros puntos geográficos que "deben ser relevantes", a juicio de los autores, son precisamente las ciudades autónomas. Desde su punto de vista "todo lo anterior guarda una relación directa con la estrategia de las organizaciones terroristas en captar y radicalizar a mujeres jóvenes de edades fértiles para establecerse en los territorios ocupados y que contraigan matrimonio y construyan su familia allí". Además, "responde a cuestiones de vulnerabilidad, ya que son mujeres en una etapa donde aún están gestando su identidad y se encuentran en un proceso de formación".

Para valorar si existían "signos de radicalización" en las mujeres se analizaron "los datos sobre cambios físicos y conductuales del sujeto que accede a un programa de radicalización por parte de una organización terrorista como Al-Qaeda o Daesh" y se observa que dos terceras partes de la muestra (66,7%), presentaban "claramente diversos signos de radicalización". 

Los investigadores han apreciado que "se observa una diferencia significativa en aquellas mujeres reclutadoras, que no muestran ningún signo de radicalización (60%), frente a aquellas que son captadas para incorporarse a la organización terrorista que si presentan signos de radicalización (90,9%)". Esto se debe a que "las mujeres reclutadoras están aconsejadas para el uso de la 'Takhia' o el engaño, para pasar desapercibidas en occidente. Así, se visten de un modo discreto y que no resalte su radicalización".

"En su mayoría, empleaban niqabs en su vestimenta, indicando una evolución en el uso del velo según su nivel de radicalización: de hiyab a niqab, de niqab a burka. Además", refieren las conclusiones del estudio, "se podían observar otros cambios de apariencia física como la falta de uso de adornos, joyas y accesorios femeninos, ausencia de tatuajes visibles, retirada del uso de colonias con alcohol y eliminación de cualquier símbolo cristiano".

De igual modo podían apreciarse "otras alteraciones en el comportamiento individual como la intensificación de la práctica religiosa, el estricto horario de rezo, el uso intensificado de retórica religiosa y política, cambios de trabajo, alteraciones en sus relaciones familiares, retraimiento y polarización social, exposición selectiva a medios de comunicación, entre otros". Se añaden también otros comportamientos colectivos "como el intercambio o consumo de propaganda, nuevas interacciones con grupos cerrados online y de mensajería instantánea, entre otros".

Trespaderne y Garriga opinan que "es de vital importancia detectar a las mujeres sumergidas en un proceso de radicalización, pero también, aquellas mujeres encargadas de reclutar a otras" y que "debe incidirse en crear mecanismos de prevención eficaces para evitar futuras radicalizaciones".

Para la detección de cambios conductuales y rasgos físicos plantean 4 líneas de actuación: 1) "Formar a los actores sociales en la detección de indicadores vinculados con la radicalización y el extremismo violento"; 2)  "fomentar el control informal en las zonas comunitarias donde confluyen un mayor número de perfiles vulnerables mediante profesionales del ámbito psico-social"; 3) "potenciar la inclusión social y la inserción socio-laboral de los potenciales perfiles para disminuir el riesgo de radicalización violenta y a su vez, favorecer la desradicalización"; y 4) "establecer nuevas líneas de comunicación con el objetivo de generar confianza entre las comunidades, la sociedad civil y los actores gubernamentales".