PROCESO DE DEVOLUCIÓN

El miedo a las repatriaciones vuelve a llenar las calles de niños 'sin techo'

El miedo a las repatriaciones vuelve a llenar las calles de niños 'sin techo'
Grupo de menores solos en la zona portuaria
Grupo de menores solos en la zona portuaria

Basta un paseo por la zona portuaria para dar fe de que el acuerdo entre España y Marruecos para la repatriación de los menores que entraron en aluvión los pasados 17 y 18 de mayo—ahora paralizado por la Justicia— ha logrado, de momento, todo lo contrario de lo que pretendía, llenando de nuevo Ceuta de niños sin techo. 

La noticia del inicio de las repatriaciones corrió como la pólvora por el pabellón Santa Amelia, donde estaban hasta entonces acogidos 234 menores de 16 años. Hoy, tras el traslado de 55 menores marroquíes completado desde el viernes hasta este lunes, quedan tan solo 43 niños en el polideportivo. Los otros se han ido fugando desde el sábado. Ahora están otra vez en situación de calle por miedo a ser repatriados.

Uno de ellos es Allah, el más pequeño de un grupo apostado a las puertas del Lidl del puerto para pedir algo que llevarse a la boca. Es menudo, con flequillo rizado, como casi todos, y con una gran sonrisa de pillo que resalta su delgadez. Dice tener 15 años aunque aparenta muchos menos. Es uno de los que logró escapar del polideportivo Santa Amelia este sábado. Duerme en la calle, explica por gestos, tumbándose en el suelo entre las risas de sus compañeros. Junto a él están Zacharias y Hamza, ambos de 16 años, recelosos de que el periodista no sea en realidad policía. Por si acaso guardan una distancia prudencial. Ellos se escaparon ya hace tiempo de Piniers. Los tres dicen ser vecinos de Castillejos y sus familias no los echan de menos, aseguran por más que se les insista. “Poco dinero, no trabajo, no nada”, explica Hamza con las cuatro palabras que conoce en castellano.

Yahya tiene 16 años y ‘trabaja’ solo, sentado en la puerta de una pequeña tienda de alimentación del paseo de la Marina, pidiendo por gestos comida a los pocos clientes que salen de hacer las compras a plena tarde. Es vecino de Tetuán y sus padres, asegura, no solo no le echan de menos sino que le apoyan en su difícil viaje hacia un futuro mejor. Está sentado en un bordillo, a pleno sol pese los más de 30 grados que ha traído el viento de levante a la ciudad autónoma, vestido con la misma con la que entró en Ceuta hace ya tres meses, pero pese a ello luce aseado, peinado y con la ropa impecable. Lleva poco más de 24 horas en la calle. Se escapó el sábado en cuanto se enteró de las expulsiones.

Un menor marroquñi pide ci¡omida a la puerta de un supermercado

No tiene queja alguna del personal del SAMU que gestiona el centro, todo lo contrario, explica con ayuda de Mohamed, un ceutí que se ofrece a hacer las veces de traductor. “En el SAMU se está bien, la relación con el personal y con los otros chavales está bien, pero está todo muy sucio, las habitaciones están sucias, no hay ropa, no ha mantas, no hay nada y solo nos sacaban a la calle una vez por semana”. Ahora duerme en la calle. “Por ahí”, dice señalando al Puerto. “A veces hay comida, a veces no, depende del día. Hay gente buena y también hay gente que por pedir comida te grita o te habla mal, te insulta”, se encoge de hombros. 

Como él son muchos quienes ahora han tenido que volver a buscar un lugar en el que dormir. Cualquier rincón vale. Los montes y costas de Ceuta están plagados de pequeños asentamientos, pero la mayoría no se aleja demasiado del Puerto. Las escolleras de la zona industrial del Puerto es el lugar de residencia para muchos de ellos. Este lugar casi invisible, a la espalda del Puerto de Ceuta, es desde hace muchos años el emplazamiento habitual en el que se esconden los niños en situación de calle. Allí vive desde la noche del sábado una docena de ellos, todos de Tetuán. Pasan de la desconfianza a la algarabía al cerciorarse de que el extraño no es policía; de esconderse en las escolleras a darse empujones para posar primero ante la cámara. Solo un par de ellos tiene camiseta. No tienen ropa porque se escaparon del centro, explican. Se fugaron con lo puesto, al parecer. Los más mayores se marcharon de Piniers, los más pequeños de Santa Amelia. Entre ellos Oussama, de solo siete años, aseguran por gestos sus compañeros. Él si tiene camiseta, lo que no tiene es calzado. “Está descalzo, necesitamos ropa, ropa y comida”, explica como puede Omar, de 17 años. 

Un menor en la zona portuaria

Pese a las penurias, todos se niegan en redondo ante la posibilidad de regresar a los centros de menores. “A Marruecos ni loco”, resume Omar el sentir de todos.

Un grupo de menores en las escolleras del Puertomenores en las escolleras

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