CENTENARIO

El sanctasanctórum de la Legión

El sanctasanctórum de la Legión
Primera lista de revista de la Legión
Primera lista de revista de la Legión  

El 20 de septiembre de 1920, Carlos Espresati de la Vega entraba en el Cuartel del Rey y sin saberlo hacía historia. Este vecino de Ceuta, natural de San Roque, que aún hoy conserva familia en la ciudad autónoma, fue el primero en responder a la llamada de Milán Astray y alistarse. Había nacido la Legión, un cuerpo militar de choque inspirado en la Legión Extranjera francesa pero con el espíritu de los Tercios de Flandes. 

Cien años después el mundo es muy distinto de aquellos primeros años 20 del siglo XX. La Legión ha debido de evolucionar tratando de no perder su esencia, desde el Tercio de Extranjeros que fue en su nacimiento hasta el cuerpo militar de élite que es hoy. Sus misiones son ahora de paz y no de combate y sus campos de batalla están en Irak, Líbano o Afganistán. Pero la Legión mantiene su personalidad propia. “La Legión ha cambiado su forma de hacer pero no su forma de ser”, resumía esta semana en un acto el coronel jefe del Tercio Duque de Alba 2º de La Legión, Francisco Javier Bartolomé García. 

Una larga historia que se conserva, como en una cápsula del tiempo, en el Museo de la Legión, a pocos metros del Cuartel del Rey en el que se alistaban los primeros legionarios y del que ya no queda rastro. Un espacio museístico que recibe cada año a alrededor de 4.000 visitantes, en su gran mayoría turistas y antiguos legionarios, y que es uno de los museos más visitados de la ciudad. Tres plantas que guardan los recuerdos de la Legión, sus héroes, sus victorias y los claroscuros de cien años de vida. Un Museo que sirve de sanctasanctórum de los valores fundacionales de la Legión y testigo de los cambios experimentados.

Entrada del Museo de la Legión

El Museo, como la propia Legión, también ha sufrido notables cambios. Tras cuatro meses de trabajos, las instalaciones mantienen su esencia pero son ahora más luminosas y diáfanas, la vetusta moqueta se ha sustituido por solería y la tenue iluminación anterior se ha cambiado por luces LED; se han solventado los problemas de accesibilidad para personas de movilidad reducida y se han eliminado humedades y filtraciones. El Museo es ahora como la Legión del siglo XXI: igual que antes, sin renunciar a su esencia, pero más moderno y eficaz, más abierto y accesible.

“Algo que lamentamos es que la gente de Ceuta no conoce bien el Museo de la Legión”, lamenta el suboficial mayor Francisco Casado, que hace de guía para Ceuta al Día por los secretos del Museo. Abierto generalmente en horario de mañana, esta semana ha ampliado la apertura de puertas también por la tarde, al igual que hace cuando se acerca cada año el 20 de septiembre, fechas en las que registran un repunte de visitas. 

La Legión nació con vocación de dejar huella. Su fundador, José Millán-Astray Terreros (La Coruña, 5 de julio de 1879-Madrid, 1 de enero de 1954) creo una fuerza militar que nacía de una idea cocinada en su experiencia en la Guerra de Filipinas y después en África y al calor del ‘Bushido’, el código de los samuráis, ‘el camino del guerrero’ japonés del que era admirador confeso. Un cuerpo militar con personalidad propia, con su propio código y su mitología. Una unidad militar pensada como filosofía de vida, imbuida del romanticismo castrense de su fundador, y, al parecer, consciente desde su nacimiento de su perdurabilidad en el tiempo. Al poco de nacer, tras sus primeras incursiones en la guerra, la Legión ya tenía su Museo. 

Estaba en Dar Riffien explica el suboficial mayor. A pocos kilómetros de Ceuta, hoy en suelo de Marruecos, a las afueras de Fnideq (Castillejos), aun se mantiene en pie parte de lo que fuera el primer acuartelamiento de la Legión en el Protectorado. Dar Rifien era casi una ciudad, un acuartelamiento gigantesco que fue el corazón del primer Tercio de Extranjeros. Era el primer destino de los primeros legionarios tras el adiestramiento en García Aldave. Allí se abrió el primer Museo con armas y objetos obtenidos en batallas. Tras el fin del Protectorado y el repliegue de la Legión, el Museo se trasladó primero al Serrallo y posteriormente a su actual ubicación. Aquí sigue, en un pequeño edificio al borde mar en una pequeña atalaya envidiable en pleno centro de la ciudad. Y sus fondos siguen creciendo con donaciones de oficiales y familiares hasta lo que es hoy, un recorrido por la historia de la Legión. Foro a foto, batalla a batalla, uniforme a uniforme.

“Ganaréis galones pero a cambio ocuparéis los puestos de mayor riesgo y fatiga, que son también los de mayor honor. Moriréis muchos, quizás todos. El que no se encuentre con el valor suficiente de pertenecer al Tercio de Extranjeros que se vaya y si no tiene el valor suficiente como para hacerlo públicamente, que vaya al botiquín y le diga al médico que le duele la garganta”.

La primera parada es obligada. Es a priori la menos atractiva del Museo pero es quizá la más importante para la Legión. El orgullo con la que la muestra el suboficial mayor Casado es una buena prueba de ello. En ella se guarda, en retratos hechos a carboncillo, la memoria de los 23 legionarios condecorados con la más alta distinción que concede el Ejército solo en actos de guerra: La Cruz Laureada de San Fernando. Once de los 23 legionarios condecorados por méritos ganados en el campo de batalla son del Segundo Tercio.

Sala de laureados

La lista de caídos no cabe en un museo. No en vano se consideraban los novios de la muerte. A la llamada para alistarse en el Tercio de Extranjeros no acudía cualquiera. Había que estar muy bregado o importarte muy poco tu vida. La Legión nació para ponerse al frente de una guerra que se había convertido en un matadero para las tropas de reemplazo, “bisoñas”, consideraba Millán Astray. Hacía falta una unidad bien entrenada dispuesta a morir si era necesario. La “oferta de empleo” no engañaba: “Legionarios a luchar, legionarios a morir”. Como tampoco engañó a los primeros alistados el propio Millán Astray en una arenga en el Cuartel del Rey no precisamente alentadora: “Ganaréis galones pero a cambio ocuparéis los puestos de mayor riesgo y fatiga, que son también los de mayor honor. Moriréis muchos, quizás todos. El que no se encuentre con el valor suficiente de pertenecer al Tercio de Extranjeros que se vaya y si no tiene el valor suficiente como para hacerlo públicamente, que vaya al botiquín y le diga al médico que le duele la garganta”.

La Legión ofrecía una nueva vida sin hacer preguntas. “Cada uno será lo que quiera. Nada importa su vida anterior”, resume el suboficial mayor Casado recitando la ‘Canción del Legionario’.

Una llamada a la que acudió un variopinto grupo de hombres llegados de todos los puntos de España, y también franceses, alemanes y sudamericanos. A nadie se le preguntaba por su procedencia, lo que fueran antes de aquel día no importaba. Ni siquiera importaba el nombre. “Cuentan que cuando llegaban a afiliarse no se les pedía el documento de identidad, la mayoría probablemente no lo tuviesen, pero lo que sí se les preguntaba es cómo quieres que te llamen”. La Legión ofrecía una nueva vida (aunque probablemente llevara aparejada la muerte, eso sí con honor) y un nuevo nombre. Y no hacía preguntas. “Cada uno será lo que quiera. Nada importa su vida anterior”, resume el suboficial mayor Casado recitando la ‘Canción del Legionario’.

Tras la visita obligada los héroes —en la siguiente sala se muestran también los retratos de los más de 200 legionarios condecorados con la Medalla Militar— la visita sigue adentrándose en las profundidades, tanto física como metafóricamente. El Museo, construido casi sobre la línea de costa, recostado en lo que en su día fue el lienzo de la muralla, obliga al visitante a recorrer las salas escaleras abajo para conocer a fondo la historia que muestra. En el segundo nivel, junto a los condecorados y la reproducción del monumental monumento a la Legión que preside el patio de armas del acuartelamiento de Viator (Almería), obra de Luis Martín de Vidales, se despliega también el álbum de fotos de la Legión. Foto a foto desfilan la primera jura, el primer combate, la campaña de Marruecos, Millán Astray, Alfonso XIII, el ministro de la Guerra, el Vizconde de Eza, Luis de Marichalar, el teniente coronel Valenzuela y Franco montando a caballo, Franco señalando al infinito, Franco hablando a las tropas, Franco mirando al Estrecho… Solo el “comandante” Franco —aquí, subrayan, es solo eso, comandante— rivaliza en protagonismo con Millán Astray en el álbum de fotos y pinturas del Museo de la Legión. Una presencia más que notable que suele sorprender al visitante foráneo.

“No podemos esconderlo porque fue el cofundador de la Legión, la mano derecha de Millán Astray”, explica el suboficial mayor sin tratar de regatear la pregunta, lo que se agradece. “Para nosotros, en todos los sitios en los que aparece —dice señalando el Museo— lo hace como comandante Franco”. “Cada cosa el nombre que tiene”, zanja. “La Legión no tiene color político”, subraya, recordando que una de las piezas del Museo cedidas para la muestra itinerante del Centenario es precisamente una bandera de la República con el escudo de la Legión y el lema ‘Legionarios a luchar, legionarios morir’. “No pertenecemos a la clase política nuestra misión es la defensa de España, los ideales políticos se guardan para casa, es cuestión de cada uno”, reflexiona, saliendo ileso del atraco del periodista.

Una ikurriña, expuesta como trofeo de guerra, testigo mudo de un combate que no se precisa, sin un rótulo que al menos explique por qué está ahí

La visita al museo continúa escaleras abajo, hacia la tercera galería, la más profunda. Quizá por eso hay en esta última sala alguna que otra sombra por los rincones: las fotos de los legionarios que se alistaron en la División Azul, o, quizá la más dolorosa para el que suscribe, una ikurriña, expuesta como trofeo de guerra, testigo mudo de un combate que no se precisa, sin un rótulo que al menos explique por qué está ahí. Esta bandera, que luce las iniciales JGL, siglas del lema del PNV “Jaun Goikoa eta Lege zarra” (Dios y leyes viejas) es objeto de polémica desde hace décadas. El Gobierno Vasco ha pedido reiteradamente su retirada del Museo y su devolución al PNV. Pero la ikurriña sigue ahí y sigue siendo difícil de explicar. 

Junto a la bandera ‘capturada al enemigo’ —paradójicamente patrimonio del Estado, como todo lo demás expuesto en el Museo de la Legión— esta, probablemente, la parte más curiosa del Museo de la Legión. Quizá históricamente es la que menos relevancia posee, pero será, seguramente, la que mejor recuerde cuando salga del Museo: las vitrinas de objetos personales de Millán Astray y el “comandante” Franco. 

Tras el cristal descansa la primera lista de revista de la Legión. Está fechada el 1 de octubre de 1920. En ella figuran los oficiales, los suboficiales y toda la tropa que ese mes iban a cobrar su primera nómina como legionarios. Junto a la primera lista, se muestran también una serie de objetos que hacen parecer la vitrina dedicada a Millán Astray una suerte de gabinete de curiosidades: su única manopla, sus cubiertos especialmente diseñados para él, ilustre manco; sus botas de caña alta, el sable, la fusta, botellas de vino personalizadas.... Y su uniforme, que curiosamente luce al unísono, con permiso expreso de Alfonso XIII, los galones de general de división (del cuerpo de mutilados) y los de comandante de la Legión.

Se echa de menos en el Museo el retrato de Millán Astray que Zuloaga dejó sin terminar (y sin firmar), probablemente una de las obras más valiosas que habitualmente se pueden ver en Ceuta. Se echan en falta también varios de los Bertuchi, como ‘La Muerte del Coronel Valenzuela”. Ambas obras, como la bandera de la Legión con los colores republicanos, se han cedido temporalmente a la exposición itinerante que conmemora el Centenario de la Legión. Pero los fondos del Museo de la Legión van mucho más allá. “Tenemos como para llenar otra sala, pero desgraciadamente no hay espacio y hay que hacer una selección de lo más representativo, no se trata de acumular recuerdos”.

El Museo sigue adelante ya mostrando recuerdos más cercanos, alguno doloroso. Como los caídos en misiones de paz. El primero, el teniente Arturo Muñoz Castellanos, que murió víctima de una granada de mortero en Mostar cuando iba a llevar plasma sanguíneo a un hospital; el teniente Jesús Aguilar, abatido en un puente en Mostar por un francotirador cuando iba a llevar medicinas a un hospital y el cabo caballero legionario José Luis León Gómez que falleció a consecuencia de las heridas producidas por fuego de artillería, mientras hacía guardia en el destacamento de Jablanica. Los tres en 1993. Los tres en Bosnia-Herzegovina.

Pese a todo, confiesa el suboficial Casado, que gentilmente ha servido de guía a Ceuta al Día: “Hemos sido afortunados de formar parte de la Legión”. Una unidad militar diferente, que en su día atrajo a gente dispuesta a busca honor y gloria, o tal vez solo una segunda oportunidad, y que hoy atrae a suboficiales, como Casado, que buscan ese algo distinto que tiene la Legión. “Tiene una historia, tiene un carisma y una forma de vida diferente al resto de las unidades. Y cuando llegas aquí compruebas que esto es una gran familia, te sientes apoyado en todo momento, tanto tu como tu familia”.

Los valores del credo legionario, el honor, el sacrificio, el compañerismo, la ferocidad y, sobre todo, la disciplina, no son precisamente valores en boga, para bien o para mal, aquí a gusto del consumidor. Algo que no sucede en la Legión, ajena en ese aspecto al paso del tiempo, insiste el suboficial mayor. “Hay unas reglas y se deben acatar esas reglas. Desde arriba hasta el último de abajo, Aquí no se viene destinado, se viene a servir en la Legión y se tiene que tener unos ideales muy claros y saber que no se viene a divertirse, se viene a formar parte de una unidad que tiene una trayectoria de cien años y a los primeros a los que hay que guardar un respeto es  a tantísima gente que ha derramado su sangre por este ideal”.

Ideal que en el siglo XXI puede ser visto como antiguo, conservador o incluso radical, insiste el periodista “El que no quiera, como dijo Millán Astray en su arenga, que vaya al médico y diga que le duele la garganta”.

Galería de ilustres de la LegiónFranco en la primera jura de bandera de la Legión, en el JaralFranco a caballo en MarruecosCubiertos hechos a medida para Millán AstrayManopla de Millán Astray18 de juliomaqueta del acuartelamiento de García AldaveIkurriña expuesta en el Museo de la Legión

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