Justino Lupiáñez Mancebo.

Me estoy aficionando a exponer por escrito mis inquietudes, mis críticas, mis sugerencias y mis experiencias de toda la vida en esta ciudad y parece ser que no sientan del todo bien. Me han llamado de todo, prepotente, jubilado ocioso que divaga, aspirante a funcionario frustrado (¿y eso qué será, me pregunto?) que no sirve más que para molestar y otras amables palabras que me indican que voy por el buen camino. Es algo que acepto con resignación, uno no puede (ni pretendo) contentar siempre a todo el mundo. Es más, ¡puede que incluso tengan razón, qué carajo! 

    Sin embargo llevo unos días preocupado y taciturno porque sí me importa la opinión de mi nieto. Me ha dicho muy serio “abuelo, para ya de escribir cosas tan polémicas, que ya sabes que aquí no sienta bien decir según qué verdades y al final vas a acabar mal”. Yo le he respondido que no se preocupe por mí, que si no me mató el duro trabajo durante cincuenta años, a mi edad poco tengo que temer de nada más. 

    Tengo una cosa muy clara sobre esta ciudad y sobre cuál es el verdadero cáncer que la asola. No pretendo ocultarlo, porque lo veo desde hace muchos años, lo veo por las calles, en sus gentes, en las aspiraciones de los jóvenes, en el interés de sus gobernantes. Veo cómo ha cambiado esta ciudad para peor, para mucho peor, veo cómo se deja morir lentamente mientras la exprimen y la esquilman sin que nada ni nadie lo remedie. Y lo peor es que más de media ciudad está anestesiada, ¿qué digo anestesiada? ¡¡comprada!! y les importa una mierda que se muera.

    El cáncer de esta ciudad es el dinero público, el dinero gratis. Así de simple.

    Sé lo que me van a decir, que si no fuera por ese dinero público esta ciudad estaría muerta. Pero no es así. Hay una serie de servicios básicos que son responsabilidad del Estado y que deben ser cubiertos, eso es una evidencia. Hay una necesidad educativa, una sanidad que hay que cubrir, una seguridad, una frontera, una hacienda estatal, unos puestos estructurales imprescindibles que deben ser y son adecuadamente cubiertos. Pero hasta ahí. 

    Existe una dicho universal, un hecho incuestionable que es cierto en cualquier lugar del mundo y que es el verdadero motor que nos hace evolucionar, que nos hace mejorar, progresar, que es que la necesidad agudiza el ingenio. El problema empieza cuando un ayuntamiento dispone de unos fondos aparentemente inagotables fruto de unas transferencias pactadas que no responden a actividad económica alguna que generen ingresos impositivos. En ese momento en que una ciudad recibe unos fondos que no merece, justo en ese instante se acaba la necesidad, se acaba el esfuerzo, se acaba el ingenio para sobrevivir. 

    Aquí hace ya muchísimos años que no es necesario sobrevivir, simplemente poner la mano para cobrar. 

    Cualquier ciudad, cualquier pueblo de España tiene una problemática que nosotros no tenemos. ¿Quién quiere crear empleo, quién necesita trabajar duro en un lugar que te puede proporcionar sueldos privilegiados por no esforzarse en crear absolutamente nada de riqueza? Nadie se ha molestado en explotar nuestras innegables riquezas. Nadie se molesta en partirse los cuernos por facilitar que las empresas vengan a Ceuta, sin cortapisas, sin trabas administrativas, sin problemas aduaneros o de suministro. Nadie se ocupa de que haya competencia real y no subvencionada, que las empresas tengan libertad de mercado y no licitaciones con nombres y apellidos que le proporcionan jugosos beneficios con el dinero municipal y chanchullos con el Ayuntamiento. Nadie se pregunta por qué el dinero se destina a mamarrachadas sin sentido, a obras absurdas, a subvenciones indecentes o a multitud de cargos inútiles e incompetentes. Nadie lucha por eso, sólo ponen la mano a final de mes sin nada, absolutamente nada que lo justifique. Eso sólo ocurre aquí, en Ceuta. 

    Así que, si mi nieto me pide que no vuelva a escribir sobre temas polémicos en Ceuta, yo le diré con todo el dolor de mi corazón que intente perdonarme y que aprenda de mi experiencia. Acto seguido le diré que, si de mí dependiera, cortaba el grifo de raíz a esta ciudad de mangantes a la que quiero más que la mayoría de los que me pueden estar leyendo. Obligaría a esta ciudad a, una vez cubiertos los servicios básicos estatales, financiarse como cualquier otra, con los ingresos que generara su actividad, sin privilegios. Ya vería mi nieto cómo todas las ratas saldrían huyendo y esta ciudad no sólo sobreviviría, sino que sería otra. 

 

    Suerte tienen las ratas que no dependa de mí.