La muralla Califal, crónica de un hallazgo fortuito


La muralla Califal, crónica de un hallazgo fortuito

- Así contó José Luis Gómez Barceló el descubrimiento de los restos de la fortificación original durante una visita de expertos en 2002

- El cronista de la Ciudad lo relató en un artículo para el anuario de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo

La Puerta Califal llevaba siglos enterrada bajo la muralla renacentista y quiso la ventura que la encontraran, casi por casualidad, un grupo de historiadores y expertos en la materia que visitaban el conjunto amurallado en el marco de las I Jornadas de Estudio sobre Fortificaciones celebrado en Ceuta los días 27 y 28 de junio de 2002. Imposible encontrar unos visitantes fortuitos más apropiados para identificar lo que sin duda es el corazón de la historia de la ciudad, la llave de la puerta de entrada a un mundo casi desconocido: la Ceuta de Al Andalus.

Un hallazgo inesperado que poco después relataría el cronista de la ciudad, José Luis Gómez Barceló, para el anuario de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo. Este es su relato íntegro:

“En la mañana del 28 de junio se realizó una visita al Conjunto Monumental de las Murallas Reales, planteada como un debate a pie de muro que comenzó con una explicación del conjunto y su rehabilitación por Juan M. Hernández León ante la maqueta que se muestra en el Museo de las Murallas Reales, para luego desplazamos a la Muralla Real, construida entre 1541 y 1549 siguiendo el proyecto de Miguel Arruda y Micer Benedito de Ravena. En principio visitamos el interior del baluarte de la Bandera, con una serie de espacios ahora totalmente abandonados, para proseguir por las antiguas bóvedas construidas en la primera mitad del siglo XVIII tras la Muralla Real.

A estas bóvedas se tiene acceso por un pasillo entre ellas y el muro que se convierte en escarpa del foso en su parte exterior. Las bóvedas quedan a la izquierda y a la derecha el muro, con dos entradas a dos almacenes. En el primero de ellos aparecía una estructura que parecía medieval islámica, con distintos espacios con vanos y una cúpula circular de ladrillo a una altura superior a los seis metros treinta centímetros. Nadie se atrevía a decir mucho ante lo que veíamos, pues no se entendía qué hacía dentro de una muralla renacentista. Eso sí, había una galería que terminaba en una tronera sobre el foso, que permitía ver cómo el murallón venía a tener varios metros de grosor.

Salimos del almacenillo y continuamos hasta la otra entrada, con una rampa muy pronunciada de acceso a una enorme sala semi techada, bajo el baluarte de la Coraza baja, con arcos semi parabólicos y apuntados y una cañonera hacia el Foso Real. El espacio es muy grande en impresionante.

Tanto al subir como al bajar me llamó la atención, a mitad de la rampa, una abertura en el techo, que iba a todo lo ancho de la puerta, como un rastrillo, pero excesivamente ancho. Lo comenté con varios de los asistentes y algunos decían -concretamente el coronel de artillería Aureliano Gómez Vizcaíno- que podía ser una chimenea para disminuir el calor de la pólvora de las piezas de artillería.

Nos fuimos uniendo varias personas hasta que el arquitecto Pérez Marín disparó el flash de su cámara para ver algo más, no viendo el final de la apertura. Entonces pedimos un foco y apareció ante nuestros ojos un murallón de algo más de tres metros de ancho por unos doce y medio de alto, de sillería, en soga y doble tizón, que se adornaba en su parte más alta por dos cordones paralelos entre sí -que en principio parecieron tres por un enmarque de un vano-. La impresión, obviamente, fue notable. Los arqueólogos Villada Paredes e Hita Ruiz confirmaron lo que parecía evidente: estábamos ante la muralla califal que, por alguna razón, los arquitectos del XVI dejaron entera tras la levantada por ellos.

Tras mucho tiempo de discusiones y admiraciones se decidió continuar con la visita por la parte alta de la Muralla Real. Mientras, varios historiadores y arquitectos decidieron volver al almacenillo anterior. Si ya no había problema para reconocer que podía haber una muralla medieval dentro de los muros de la cortina, por qué no ser aquel espacio parte del mismo. Los arquitectos José Pedro Pedrajas del Molino y Carlos Pérez Marín, acompañados de José María Hernández Ramos y el arqueólogo José María Hita Ruiz volvieron al almacenillo y dentro de él a una habitación oscura que por dentro debía tener continuación del muro a soga y tizón. Lo iluminaron y, efectivamente, seguía, es decir, que la muralla puede estar completa de mar a mar, entre 150 y 170 metros de longitud. Pero ¿por dónde habían pasado al otro lado?, ¿era otra puerta construida con posterioridad al muro como la anterior? No. Al pasar la luz de lado a lado vieron que habían entrado por una puerta de herradura de grandes dimensiones, cuyo pavimento original debe estar alrededor de un metro por debajo del actual, con un alfiz y toda ella magníficamente conservada como el resto del pavimento.

En esta parte, la muralla es de soga y triple tizón, la puerta tiene algo más de cuatro metros de ancho y por encima de cuatro y medio de alto, sabiendo que al menos debe tener metro y pico más por debajo del pavimento actual.

El examen posterior del espacio total vino a confirmar que el almacenillo correspondía totalmente a una de las puertas medievales de la ciudad, de doble recodo, que se conserva tal y como la había dibujado en sus trabajos el profesor Carlos Gozalbes Cravioto; como confirmó en ese momento, que hay varias torres que habrá que descubrir y que en la galería con salida al Foso Real hay otra perpendicular tapiada, que posiblemente sea la que dejaron entre una muralla y otra, como vio claramente desde un principio el arquitecto Pedrajas del Molino.

Esto es, en un principio, lo encontrado en la visita y de lo que doy cuenta”.