Totalitarismos, periodistas, humor y desfachatez

La Zarpa - Julio Basurco


- En su libro “La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política”, el politólogo Ignacio Sánchez-Cuenca realiza una aguda y justificada crítica a la impunidad con la que reputados intelectuales del panorama nacional vierten opiniones políticas en los medios de gran tirada.

¿Acaso defiende Sánchez-Cuenca que sólo los “especialistas” opinen de los temas públicos? En absoluto, más bien al contrario. Nada tiene que ver su postura con títulos académicos, sino con el simple hecho de razonar, de argumentar, de defender lo que uno dice apoyándose en premisas verdaderas y en un mínimo rigor.

Célebres escritores como Vargas-Llosa o Jon Juaristi, amparándose únicamente en la supuesta solvencia que su posición ha de darles, se permiten el lujo de soltar barbaridades tales como la de que de haber sido Esperanza Aguirre la presidenta de España no habría crisis o la de que los sirios que viajan con sus hijos lo hacen con la única intención de manipular y ablandar el corazón de los europeos. No hay argumentos. No hay razonamientos, sólo la tajante impunidad de quien sabe que disfruta de un púlpito exento de críticas. Porque a quien exprese su desacuerdo con tal forma de “opinar” se le insulta y se le tacha de totalitario que va contra la libertad de expresión. Al propio Sánchez-Cuenca le ha pasado ya. Frecuentador de herriko-tabernas, señor que hace la rosca a Podemos y a los separatistas o cómplice de Bildu. Todas estas estupideces sin fundamento ha recibido ya el autor del libro por parte del señor Juaristi. Porque sí. Porque sale gratis.

A la hora de hablar de Podemos, la “desfachatez” es la norma. Con la crítica de Pablo Iglesias hacia la prensa han surgido numerosas estupideces en todas partes. La línea “argumental” es la siguiente: mostrarse crítico con la prensa es estar en contra de la democracia. Una barbaridad escandalosa. Algo que no se sostiene por ningún lado, pero que se suelta de manera alegre, al más puro estilo de los Inda o los Jiménez Losantos (opinadores profesionales a los que Sánchez-Cuenca no analiza en el libro por, directamente, carecer de una mínima seriedad). Fascista y machista. Así sentencia Eduardo Inda su “crítica” a Pablo Iglesias.

Lo mismo que, a nivel local, hace Jorge Uriel, columnista en El Faro, cuando dice que “la formación política más radical que ha conocido España en cuarenta años se dedica a señalar a periodistas. Qué enorme, terrible y necrófilo paralelismo guardan estos sucesos con los más oscuros del siglo pasado” o que “el círculo más íntimo de Pablo Iglesias anuncia a viva voz su interés por que ardan las iglesias con gente dentro”. Decir en cuatro líneas que la gente de Podemos está en contra de la libertad y desea ver a católicos quemados es algo que, al menos, merecería una defensa basada en argumentos. Pero no, se suelta y ya está.

Algunos pensamos que hay que hablar con fundamento y, aunque sus barbaridades no lo merecen, voy a explicar algunas cosas a toda esa gente que se dedica a sentenciar de manera tan deshonesta. En primer lugar, cabría explicar algunos elementos básicos de lo que constituye el fenómeno político denominado fascismo antes de acusar a nadie de fascista. En mi opinión, y para no extenderme en algo tan complejo, hay uno fundamental: el de dispositivo del sistema económico ante el avance de los movimientos populares. Bertolucci lo explica muy bien en su obra maestra “Novecento”.

El “fascismo español” (franquismo nacionalcatólico) fue financiado por las burguesías y surge ante la victoria del Frente Popular en 1936. Las oligarquías dicen Basta, del mismo modo que Hitler o Mussolini surgen como respuesta a socialdemócratas y comunistas. Igual que años después, surgiría el pinochetismo como respuesta de hierro al gobierno popular de Allende. Si en estos momentos hay algún movimiento que en nuestro país se asemeje a tales fenómenos totalitarios no es Podemos, sino aquellos que criminalizan y señalan a la formación morada, tachándola de “antisistema” y “peligrosa” y alentando, así, la respuesta conservadora del orden económico. Alentando al verdadero fascismo.

Sobre las críticas de Pablo Iglesias a la prensa habría que distinguir dos cuestiones. Una, el hecho de que la crítica se personificara en un periodista concreto, lo que fue un error. Tanto Pablo Iglesias como Álvaro Carvajal , el periodista mencionado, ya han publicado que han hablado y lo han solucionado, abrazo mediante. Otra cuestión diferente es el contenido de la crítica. He visto el acto entero en el que se hizo (era la presentación del último libro de Carlos Fernández Liria, mi autor de referencia) y lo que Pablo dijo es algo de Perogrullo: los medios de comunicación tienen líneas editoriales condicionadas por intereses económicos y los periodistas se ven obligados a plegarse a ellas. No es una crítica a la libertad de expresión. Es lo contrario: se critica que en nuestro país los periodistas disfrutan de muy poca libertad.

Poder criticar a la prensa y a los periodistas no constituye ningún atentado a la democracia, sino un signo de salud democrática: todo el mundo puede y debe ser criticado. No hay ni debe haber profesiones libres de poder ser criticadas. Por cierto, al tal señor Uriel no le leí nada sobre “terribles y necrófilos paralelismos con los sucesos más oscuros del siglo pasado” cuando Esperanza Aguirre calificaba a La Sexta como “La Secta”, cuando Jesús Cintora fue cesado, cuando Albert Rivera dijo lo mismo que Pablo Iglesias en “Salvados”, cuando Rajoy apareció tras un plasma o cuando se aprobó la Ley Mordaza. Desfachatez.

Por último. Quemar iglesias con gente dentro. La conclusión por parte del señor Uriel de que el círculo cercano de Pablo Iglesias desea tal brutalidad se debe a una frase lanzada por un cómico –Facu Díaz- como respuesta a las acusaciones (desfachatez) continuas de “quemaiglesias”. El humor “de mal gusto” existe, es un género cómico. Y es un humor en el que vale todo. Se pueden decir barbaridades porque, precisamente, se parte de la base de que ni el cómico ni el público piensan realmente aquello que se representa. Ricky Gervais o Louis C.K son sólo dos humoristas, el primero británico y el segundo norteamericano, que han hecho fama haciendo monólogos en los que hacen comedia sobre la pederastia, el Holocausto y demás conceptos de los que todos abominamos. Este humor puede no gustar a todo el mundo. E incluso puede ser criticado y atacado con buenos argumentos. Pero pretender hacer pasar ante la opinión pública que los cómicos (y su gente cercana) que lo ejercen piensan realmente todo lo que dicen es, sencillamente, nauseabundo y miserable. ¿Hasta cuándo tanta desfachatez?