limpieza hacho feb2019 plan empleo
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Juan Manuel Parrado Sobrino.

“Si alguien tiene hambre no le des un pez, enséñale a pescar”. Esta bíblica frase es algo más que una frase, es, o debería ser, la inspiración, la razón de ser de los planes de empleo.

Tal y como ha reconocido la ministra este mismo año, los planes de empleo tienen una intención muy clara: mejorar la empleabilidad y la inserción laboral de los desempleados en Ceuta. De hecho, ese espíritu formativo guió el establecimiento del primer plan de empleo en Ceuta, hace ya bastantes años. Cuando se forma a un desempleado, se le pone en condiciones de entrar en el mercado laboral con mayores garantías, porque de ese modo las empresas pueden aprovechar sus conocimientos y su experiencia. Parece razonable, no se trata de dar una limosna a nadie, sino de proporcionar los mecanismos para que se pueda ganar la vida. Pero ¿qué ocurre cuando no hay lugares donde pescar?

Las mentes “pensantes” que gestionan el dinero público parecen olvidar deliberadamente que en Ceuta toda la actividad está supeditada al sector público directa o indirectamente. No existen sectores de actividad económica relevantes, ágiles y en desarrollo que presenten la demanda laboral necesaria para absorber a los trabajadores de los planes de empleo. Es decir, no se crean empresas que generen más empleo, y las que hay no crecen lo suficiente como para incrementar significativamente sus plantillas.

Cuando se pusieron en marcha los primeros planes de empleo se cometió un error de principiantes. No tuvieron en cuenta la realidad empresarial de Ceuta, sólo la social. Se habría necesitado algo más que los apoyara, que les diera sentido y les garantizara el éxito, como planes de desarrollo económico y empresarial consensuados. Pero como siempre ocurre en estos casos, la miopía y la incompetencia en la gestión pública provocaron que ese apoyo jamás se planteara ni se llevara a cabo. Y, lo más grave, en estas dos últimas décadas ese error se ha ido perpetuando año tras año, legislatura tras legislatura, de modo que no se ha sido capaz de cambiar esta dinámica. Simplemente no existe un tejido empresarial que crezca y que sea el destinatario final de los trabajadores.

Existe, pues, un grave problema económico de base que imposibilita la consecución de los objetivos de los planes de empleo, agravándose además porque el espíritu formativo de esos planes se ha ido perdiendo poco a poco. Este problema no es desconocido por la Administración Local, ni por Delegación, ni por los desempleados, ni por ninguno de nosotros. Al contrario, sabemos perfectamente que para los integrantes de los planes de empleo es casi imposible poder cambiar su situación laboral en la ciudad gracias a esos planes.

Todo ello nos conduce a una obviedad. Si el objetivo de los planes de empleo no se está cumpliendo ni se puede cumplir, y aun así se mantienen, será porque se están cumpliendo otros objetivos velados, por mucho que la ministra nos intente vender la moto.

Efectivamente, el fin social que cumple hoy en día el plan de empleo es proporcionar un medio de vida, un subsidio encubierto, una ayuda social para que muchos cientos de familias sobrevivan. Se ha convertido en una necesidad, en una manera de mantener la paz social de una gran parte de la población que ni tiene la posibilidad de crear negocios que prosperen ni tiene la suerte de poder vivir como empleados públicos (ya nos gustaría, pero es imposible que haya puestos de funcionarios en Ceuta para todos... ¿o no?).

Ya no se está enseñando a pescar (¿para qué?). Es más cómodo regalar los peces.

Esta situación es tan evidente que incluso hemos visto cómo la gestión del Plan de Empleo ha sido objeto de un descarnado enfrentamiento político entre Delegación y la Ciudad desde que son de distinto signo político. ¿Por qué? Pues porque saben que es un instrumento político muy poderoso, una herramienta para subvencionar a parte de la población y para mantener contentos a miles de votantes. ¿No merece la pena luchar por esa herramienta? Y eso han hecho, la Delegación dio un golpe de autoridad ante la Ciudad arrebatando su gestión ante el manifiesto y público descontento del señor Vivas.

Pero este despropósito no acaba aquí. Los planes de empleo hoy están cubriendo otro fin mucho más ladino, concretamente en educación. Una parte importante del plan de empleo se destina a cubrir necesidades “temporales y complementarias” de nuestro sistema educativo. El problema es que esas necesidades no son ni temporales ni complementarias. Hablamos de otra gran mentira.

La enorme demora que este año se está produciendo en la puesta en marcha de los planes de empleo ha destapado parte de las miserias y carencias de nuestro sistema educativo, especialmente en centros de infantil y primaria. Se está viendo afectado el normal funcionamiento de las aulas matinales, aulas vespertinas, tutorías, control de acceso y conserjería, apoyo docente en clase, a la educación de niños con necesidades especiales y a muchos otros ámbitos.  El normal funcionamiento de nuestra educación exige una serie de puestos de trabajos que no son temporales, que no son accesorios, que son imprescindibles todos los años. Sin embargo se están cubriendo de manera temporal por un plan de empleo, disfrazando de ese modo la necesidad de una falsa virtud.

 

En definitiva, la gran mentira del plan de empleo es doble. Consiste en hacernos creer que supone una forma de lograr la inserción laboral de nuestra indecente bolsa de parados, cuando en realidad lo que hace es por una parte subsidiar y ofrecer una ayuda económica que es muy necesaria, y por otra cubrir necesidades de puestos de trabajo estructurales de manera coyuntural.

Si a todo esto le sumamos que también ayuda a hacer que las cifras del paro parezcan más benévolas de la ruina que en realidad son... no me negarán que políticamente resulte una gran mentira muy rentable.