urna 26M municipales
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Imaculada Pilar García

Cuando escribo estas líneas, nueve de noviembre, se cumplen  años de la caída del muro de Berlín, y con él treinta años del principio del fin del totalitarismo comunista soviético en Europa. Entonces hacía ya años de la caída de las dictaduras totalitarias de signo contrario, de corte fascista, como la española o la portuguesa. Europa parecía avanzar definitivamente hacia la democracia y diluir cada vez más sus fronteras. Ha día de hoy los regímenes totalitarios solo perviven en “repúblicas bananeras” trasnochadas o en el mundo árabe.

La conquista de la democracia ha costado la vida de muchas personas en el pasado más reciente de la historia mundial, incluido nuestro país. Las elecciones son la celebración de la quintaesencia de la democracia: elegir a nuestros representantes en las cámaras de representación nacional. Con todas las críticas que podamos hacerle, y pueden hacérsele muchas a la democracia española como a cualquiera, es sin duda el mejor sistema de gobierno, no hay otro; y como es insoslayable que vivimos en sociedad, no nos queda otra que participar en él. ¿Se imaginan ustedes que nadie fuera a votar?. ¿Cómo articularíamos nuestro país?. ¿Aquellos que no piensan ir a votar, tienen una idea mejor para organizar la gobernanza de España?. ¿Se han parado a pensar que tienen la opción de no votar porque el sistema que todos nos hemos dado se lo permite? Porque no votar también forma parte del sistema democrático. Y es que si piensan que votar no va a arreglar nada y por eso no irás, lo seguro -ciento por ciento- es que ciertamente lo que  no va a arreglar nada es no ir a votar. Por mas que visto así resulte tautológico (razonamiento sin salida) es una evidente y simple verdad: si prescindimos de la única herramienta para arreglar el problema jamás lo arreglaremos, o en el mejor de los casos “otros” lo arreglaran por ti, y quizá no en un sentido que sea de tu agrado.

Cuatro Elecciones Generales en cuatro años colman la paciencia de cualquiera, pero yo no voy a renunciar jamás a mi derecho a elegir, entre otras cosas porque con esa acción puedo poner los cimientos para que estos vergonzosos casos de bloqueo institucional no se produzcan, si, por ejemplo opto por una fuerza política que este a favor de cambiar la ley electoral. Porque todos coincidimos en que la egolatría de nuestros líderes políticos es una de la razones que nos ha traído hasta aquí, pero poco se habla -por interés de los grandes partidos- de que ese escollo podría salvarse si por ejemplo suprimiéramos la provincia como circunscripción electoral, porque eso borraría de un plumazo la sin razón de que los partidos independentistas, que por definición quiere romper el país, tuvieran representación nacional; o evitando que cada escaño “valga” distinto en función del número de habitantes de cada provincia; o realizando segundas vueltas… Hay muchas maneras de modificar la Ley Electoral que es sin duda el yugo más grande de nuestro sistema hoy por hoy.  La primera frase de nuestra  Ley Electoral, en su Preámbulo dice: “La presente Ley Orgánica del Régimen Electoral General pretende lograr un marco estable para que las decisiones políticas en las que se refleja el derecho de sufragio se realicen en plena libertad…”, pues resulta que lo que era obvio para el año 1985- año de la aprobación de la Ley- resulta contraproducente 34 años después, porque lo que se viene dibujando en España desde hace años es precisamente lo contrario: un marco político en el que hay un terremoto cada seis meses… Pero al recoger dicha ley un derecho fundamental su modificación exige unas mayorías reforzadas que no hay manera de conseguir por cuanto que los mayores beneficiados por esta ley, los partidos mayoritarios, son los primeros en negarse a cambiarla, esencialmente porque con ella pueden ejercer el gobierno con exiguas mayorías, aunque eso implique gobernar incluso en contra del interés general de todos los españoles. Los que con supino cinismo  más claman contra el bloqueo institucional echando balones fuera  jamás hablan de esta opción porque sería tanto como hacerse el “haraquiri”, y aquellos a los que machaconamente elegimos para arreglar nuestros problemas son los que se empeñan en generarlos. Nos bien haciendo falta  más que el comer “otra transición”, esta vez hacia la responsabilidad y la madurez política. Para eso haría falta tener políticos responsables.