Juan Manuel Parrado Sobrino

Uno de mis hijos tiene quince años, justo la edad del chico que ha muerto estos días bajo un camión en el puerto. Quizás por eso me siento especialmente triste más allá de la tragedia. Me incomoda tener que empezar de esta manera mi artículo, porque a veces es necesario ponerse una coraza previa para evitar los prejuicios de muchos que, incluso antes de leer esto, les predispone contra mis palabras sin siquiera tener la ocasión de reflexionar sobre ellas.

El gran negocio de la humanidad siempre ha sido el mismo: el odio. Constantemente nos encontramos con personas y grupos que, para adquirir poder y aglutinar simpatías, buscan un filón de rechazo popular, da igual el que sea. Y cuando lo encuentran lo exprimen hasta que el odio se convierte en la bandera, en la causa que insufla voluntad a sus acólitos. Por eso surgen los partidos políticos oportunistas y extremistas, que hacen de ese hartazgo popular una herramienta para canalizarlo hacia un odio que les una.

Un enemigo a quien odiar es muy efectivo. Podemos rechazar de modo visceral, casi enfermizo, a los inmigrantes, a la casta, a los bancos, a los fachas, a las élites, a los musulmanes, a los gitanos, al PP, a Podemos, a los catalanes, a los fondos buitre, al feminismo o... hasta a los MENA. Nos radicalizamos hacia un lado o hacia otro, según sople el viento o nuestras sensibilidades particulares. Y la sociedad compra este discurso sin rechistar, nos dejamos llevar porque es muy cómodo, porque odiar es más rápido y requiere menos esfuerzo de comprensión que lo contrario.

En este sentido esta ciudad no es diferente a otras, a pesar de que nos resulta muy atractiva la idea de ser especiales. Nosotros también estamos creciendo en la cultura del hartazgo, de la intolerancia y de... el odio. Y la única herramienta que puede salvarnos, la educación, no está funcionando.

La muerte de un niño, porque era un niño, parece que de repente abre una ventana de respiro, una tregua momentánea, las conciencias se relajan un poco en su rechazo constante hacia los MENA y... algo se les agita en el interior. Es una sensación que sé que dura poco, pero lo suficiente como para hacer el esfuerzo de intentar ver algunas cosas con sensatez y sin la rabia con que se mira a ese colectivo.

Debemos entender que un menor siempre es un menor, da igual que tenga diez o quince años. Da igual que viva en la seguridad de un hogar que le puede proporcionar toda la protección que necesita, que se vea obligado a buscarse la vida en la calle, que esnife pegamento o que robe un móvil a nuestros hijos. Un menor necesita educarse, necesita protección, necesita un mínimo para poder ser simplemente persona y labrarse un futuro. Si no tiene esa opción, el menor no tendrá oportunidades de integrarse socialmente y jamás saldrá de esa dinámica. Ese es el gran y verdadero problema que tenemos por delante. Y sí, digo que tenemos un gran problema, todos nosotros.

Cuando nos enfrentamos a un problema complejo solemos actuar del mismo modo, nos lavamos las manos y buscamos excusas. Que si esos niños no son nuestros, que si se los lleve Mohamed VI a uno de sus palacios, que los que se solidarizan con ellos que se los lleven cada uno a su casa, que si a los contribuyentes nos cuesta dinero, que si... blablabla. Pero al buscar todas esas excusas, cerramos los ojos ante el único hecho que importa. Ellos están aquí, son nuestro problema y no van a desaparecer con deseos de que alguien se los lleve mientras nosotros nos indignamos.

Todo esto está muy bien, pero... ¿qué hacer con ellos? Más allá de la simpleza de “que los devuelvan todos a Marruecos”, como si fueran basura que no queremos en nuestro jardín, no existe una solución única, ni fácil. Las varitas mágicas no existen. Lo que sí existen son una serie de certezas.

En primer lugar, si se quiere una solución definitiva es imprescindible la colaboración de las autoridades marroquíes. Tanto la localización de sus familias y la devolución de esos menores a sus familias como el control efectivo e identificación de las personas que pasan por la frontera a diario requiere negociar un procedimiento de colaboración con Marruecos. De otro modo, toda medida sería un parche, no parte de la solución. Ese es el verdadero trabajo de fondo, y es un trabajo que no lo puede hacer la Administración Local, sino la Administración Central del Estado. Y esa Administración no está haciendo su trabajo.

En segundo lugar, esos niños deben ser responsabilidad de un tutor. Muchos de ellos tienen sus padres, tienen familias que les dejan conscientemente en esa situación para que se ganen la vida en España, para aprovecharse de nuestra sanidad, manutención y educación. Otros niños no tienen a nadie. Pero tanto en unos casos como en otros, esos niños deben tener una tutela efectiva mientras se gestiona su reagrupación familiar, y aquí la Administración Local sí es la responsable. A la vista está que tampoco está haciendo bien su trabajo.

En tercer lugar, aunque muchos de esos menores sí están tutelados, controlados y escolarizados de manera satisfactoria, hay otros que se escapan, que se niegan a tener un control o que prefieren simplemente vagar por las calles sin nada que hacer. Y estos menores también deben controlarse, deben ser obligados a tener una educación. Igual que lo haríamos con un menor que se escapa de casa o que no quiere ir a la escuela. Se les debe y puede obligar porque es necesario hacerlo y porque de hecho lo haríamos con nuestros propios hijos. Es la Ciudad Autónoma de Ceuta la responsable de esos menores y tiene la obligación de ocuparse de que eso se cumpla. Aquí es donde la incompetencia de la Ciudad es especialmente sangrante, porque es este grupo de menores el que causa la sensación de inseguridad para todos y el que pone en riesgo su propia integridad. Y no sólo es incompetente, sino que, después de muchos años de incompetencia, ahora está intentando zafarse de esa responsabilidad pidiendo endosar el problema al Estado, para que no sea su problema y no le saquen más los colores (como si no hubiera quedado ya bastante en evidencia).

En último lugar, no es admisible de ninguna manera cerrar los ojos. Todos vemos a esos MENA por las calles, sabemos dónde están, todos comprobamos cómo pululan por el puerto, agarrados a los barrotes de las rejas mirando fijamente al interior de las instalaciones portuarias buscando camiones en los que meterse. Todos vemos cómo los coches patrulla de distintos colores pasan por su lado cada cinco minutos sin apenas ninguna reacción porque no tienen instrucciones ni consignas para actuar en ningún sentido más que en acciones puntuales.    Ya es hora de que haya consignas en algún sentido por parte tanto de la Ciudad como de la Delegación. Ya es hora de que se ejerza la tutela efectiva, de que se destinen los recursos necesarios, materiales y humanos. Ya es hora, en definitiva, de educar, y CONTROLAR a los MENA. ¿A qué están esperando? ¿A que se solucione solo?

No, a estas alturas no vale esconder la cabeza. Ni siquiera sirve la excusa de que no hay dinero cuando año a año a esta Ciudad le llueven millones y millones de euros de transferencias del Estado y el Gobierno Local, después de cubrir los gastos fijos inexcusables, no sabe muy bien qué hacer con el resto. Se limita a una gran subasta, a un pito pito gorgorito a ver qué subvenciones concede o qué inversiones de relleno se inventa para asegurarse un jugoso rédito electoral.

Tras años de sufrir este problema, no disponemos de muchas opciones. Sólo tenemos dos:

La primera es la opción fácil, la de cruzarse de brazos y quejarse de que ese problema es de otros. Es la opción de seguir instalados en la dejadez y en la resignación, dejando que deambulen buscando la manera de delinquir o simplemente sobrevivir, alimentando el rechazo de la ciudadanía y que poco a poco vayan muriendo ahogados, atropellados... o que logren huir a la península y se coman otros el problema.

La segunda es la opción difícil, la de poner verdadera VOLUNTAD política, negociar a nivel internacional, presionar en instancias europeas y marroquíes, adaptar legislaciones y, sobre todo, destinar más fondos y personal a garantizar la educación de esos menores y el bienestar de toda la población. Porque garantizar el bienestar de todos es la verdadera labor del político, el trabajo por el que cobra.

Ahora, después de la muerte de este niño me pregunto... ¿quién no está cumpliendo con su trabajo? ¿A quién deberíamos despedir? Si de verdad todos nos planteáramos esta pregunta... las cosas serían de otra manera.