Opiniones de
Mohamed Mustafa
   

Culpar a los desempleados

Lo que más ha “sorprendido” al Gobierno de la Ciudad del informe sobre el mercado laboral que ha realizado el Catedrático de la Universidad de Granada, Joaquín Aranda, ha sido que, aproximadamente, la mitad de la población desempleada ceutí no dispone de estudios...

Enemigo difuso

Da igual la reacción inmediata de las diferentes entidades y colectivos musulmanes del Estado condenando el atentado en Barcelona. Da exactamente igual que entre las víctimas se encuentren musulmanes o que los haya también en la sociedad civil que ha respondido de manera ejemplar y solidaria ofreciendo toda su ayuda a las víctimas. Da exactamente igual. Quienes se nutren del discurso del odio han encontrado en el Islam (y todos aquellos que tengan pinta de “moros”) el punto de apoyo para lograr dividir la sociedad en dos bandos: ellos y nosotros. Un dibujo de la realidad que ayuda a desconectarnos de la razón para, automáticamente, llevarnos al plano de las emociones. En nuestras acciones, el rechazo hacia algo tan atroz como el terrorismo es proyectado como un resorte primitivo que nos lleva a la  automática y visceral culpabilización de un alguien o algo. Esto que es tan primitivo, también es sumamente potente y peligroso, y los terroristas se sirven de él. El odio es colaborador necesario en los planes del terror.

Religión Islámica como excusa

No son pocos los expertos en la lucha contra el extremismo y la radicalización que han señalado como medida urgente oficializar la enseñanza del islam. Las razones para ello son abundantes. Me centraré en tres de ellas.

Islamofobia: aliada del terrorismo

El último rebrote de violencia contra la comunidad musulmana en Europa evidencia que las mezquitas se han convertido en el principal objetivo del odio. Curiosamente, es aquí donde encontramos una de las grandes victorias de un DAESH que ha logrado usurpar unos símbolos que no le pertenecían para usarlos en su propio beneficio propagandístico. Los múltiples ataques sufridos por los templos de culto islámico se han incrementado, llegando a producir, incluso, víctimas mortales. Víctimas, también del terror, que, no obstante, sólo han recibido unos pocos minutos de atención mediática, sin hablar, por supuesto, de terrorismo en estos casos. Otra gran victoria del terrorismo yihadista: lograr categorizar a las víctimas inocentes, estableciendo diferencias entre ellas, acentuando la frustración y la rabia que nutren el reclutamiento de jóvenes vulnerables.

Recuperar los apellidos; una deuda histórica

No es hasta la década de los ochenta cuando se producen lo que, personalmente, me empeño en denominar, “procesos de ciudadanía”. Me refiero a ese momento histórico  denominado popularmente como “entrega de nacionalidades”, expresión que rechazo al considerar que pretende marcar, negativamente, un antes y un después en la vida social y política de nuestra ciudad, señalando, de forma consciente, un nuevo “ellos” conformado por un número importante de ceutíes que vivían en una perfecta armonía (siempre desde la perspectiva dominadora) y que, de repente y sin venir a cuento, comienzan a “alborotar” y a exigir determinados derechos. Nos encontramos así ante un grupo de ciudadanos que emprenden un proceso de emancipación social y política que será visto con recelo y bajo la eterna sospecha de un plan secreto para destruir Ceuta. La temida “invasión” comienza a hacerse realidad.

Infancia sin refugio

“Todo lo que él dijo, que nos trataría bien, que estaríamos seguros, era falso. Era mentira. Me dijo que si no dormía con él no me llevaría a Europa”. Este es el testimonio estremecedor de Mary, una niña de 17 años que salió de su Nigeria natal para encontrar un futuro mejor y a la que arrebataron, sin embargo, su infancia por el camino. Mary fue deshumanizada, se convirtió en mercancía. Esta es sólo una de las muchas historias que podemos encontrar a muy poco que nos interesemos por la crisis humanitaria del siglo XXI, la de los refugiados: personas migrantes que tienen cada vez más rostro de niño, de niña, de mujer.